La almohada es un elemento muy personal que debe ser elegido con cuidado, debido a dos propiedades fundamentales con las cuales cumple. En primer lugar, es el principal absorbente de nuestra transpiración por las noches, ya que los pelos y el cuero cabelludo están sobre ella. En segundo lugar, el tamaño de la almohada influye mucho a la hora de adoptar una posición para dormir.
Hay que prestar mucha atención a los materiales que componen la almohada, y averiguar por su capacidad de absorción de la transpiración, tanto del relleno como de la funda, que de no ser adecuada podría mojarse y provocarnos frío más tarde.
El relleno debe tener además la consistencia adecuada, ya que no queremos dormir sobre un cajón de madera (como se hacía antiguamente) pero tampoco queremos hundirnos en plumas que después de una hora tendrán el grosor aproximado de un papel. La firmeza de la almohada debe ser intermedia para resultar cómoda, pero no vencerse.
La altura de nuestra almohada, por su parte, depende de la posición en la que durmamos. Tenemos que considerar siempre que la columna debe permanecer en la misma postura que si estuviéramos parados. De lo contrario, podríamos tener no sólo contracturas, sino hipertiroidismo. Si dormimos boca arriba, tenemos que considerar una almohada baja de unos pocos centímetros. De lo contrario, si dormimos de costado, la almohada debe tener la misma dimensión de un hombro, para garantizar que el cuello seguirá en su posición natural.
Si usualmente cambiamos de postura durante la noche, es aconsejable utilizar dos almohadas finas, de manera que podamos intercambiar las posiciones y la altura de las almohadas.
