Así como las zapatillas son mucho más cómodas al hablandarse, lo mismo sucede con los colchones. Cuando uno se recuesta, el colchón debe ceder lo suficiente para dejar que el cuerpo (especialmente la espalda) se acomoden confortablemente en el lugar.
Esto permite que la pocisión que uno adopta usualmente al dormir sea cada vez más confortable, generando espacio para los hombros o los brazos que usualmente pueden adormecerse por la presión del cuerpo durante la noche.
Este espacio sirve además para conservar el calor durante la noche, algo que se nota principalmente en los colchones viscoelásticos, y ayuda muchísimo en invierno. Si el colchón es de buena calidad, absorverá además la tanspiración que generamos al dormir.
Pero aquí viene la parte mala: Cuando uno se levanta, y pareciera que el cuerpo está todavía en el colchón, tenemos un problema. Eso quiere decir que el colchón está vencido o bien, es de mala calidad.
Cuando esta “huella corporal” queda afirmada sobre el lugar en donde dormimos, es momento de cambiar el colchón, ya que esto nos traerá mucha incomodida. Cambiando apenas la pocisión marcada ya nos encontraremos incómodos y “fuera del molde”. Además, la funda del colchón se notará estirada ya que el relleno habrá cambiado su forma. Esto provoca que al movernos por la noche estemos apoyados sobre incómodas arrugas y pliegues que marcan el cuerpo y no permiten a la sangre circular normalmente.

